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Reencuentro con la vida

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Leo en “La muerte en la historia” que la “existencia es la vida más la conciencia de la muerte”. Además encuentro al pie del mismo texto el comentario de una lectora, Ana María Martínez:

Un tema que siempre será un reencuentro con la vida. Paradoja podríamos pensar pero (…) su misterio y significado es el gran nudo al que todos los hombres a través de la historia quisieron darle sentido y razón. El gran misterio, el final de todo o el comienzo de algo, quizás…”.

Acaba de ocurrir la catástrofe de Chile que removió toda la Tierra y nuestro corazón. En parte porque para nosotros es más que un infortunio cósmico, es una tragedia personal (Los desastres naturales y sus consecuencias).

Y acabo de tener otra tragedia más personal aun, que sé es ínfima a escala cósmica por natural (Filósofos de la naturaleza) : murió mi madre y mi orfandad por momentos no tiene nombre, y por momentos se parece a una hermosa despedida con medida de tiempo.

De ella puedo decir que se mantuvo joven durante los ochenta y ocho años de su vida, que mis hermanos y yo citamos a menudo -no ahora, desde hace mucho- sus frases llenas de inteligencia y humor, y que hasta me hizo reír cuando fui a darle el abrazo final, una hora antes de dejarnos (La juventud).

Un escritor amigo, Enrique Butti (El Fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti) dijo de ella que era algo así como una de las últimas representantes de un modo de ser que ya no se ve ni se estila, mezcla de “refinamiento y criollismo”.

No sé explicarla muy bien a mi madre, pero en su muerte vuelvo a ser una niña y a valerme de las palabras de Olga Orozco para llamarla:

“Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,

quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído (…)

Madre: tampoco yo te veo,

porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,

y yo no sé buscarte,

acaso porque no supe aprender a perderte.

Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,

vuelta estatua de arena,

puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,

los signos con que habremos de volver a entendernos.

Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,

sin poder avanzar.

Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado (…)

donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad

y cada resplandor la lámpara que enciendes para que no me pierda (…).”

(Continúe leyendo este artículo  Blog Editorial: "Reencuentro con la vida")

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11/03/2010 06:35 Griselda N.Zabala #. LITERATURA

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