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Tomás Carrasquilla no puede encasillarse en lo meramente regional

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DE TOMÁS CARRASQUILLA (1858-1940) muchos saben muy poco. Tal vez en el colegio los obligaron a leer En la diestra de Dios Padre y de pronto La marquesa de Yolombó, y lo más seguro es que les hayan enseñado que el escritor antioqueño es el maestro del costumbrismo en Colombia, una clasificación que lo convierte en retratista de la pintoresca sociedad antioqueña pero que desconoce su carácter universal.

Por eso, porque Carrasquilla es mucho más que un escritor de costumbres, con motivo del Año Carrasquilla organizado por el Ministerio de Cultura y dedicado a honrar su memoria y a recuperar su legado, algunos se dedicaron a revisar su obra para mostrar facetas más complejas y universales, pues la etiqueta de costumbrista borró parte del aporte de uno de los más importantes escritores colombianos y del que Gabriel García Márquez ha dicho que le fue esencial.

Carrasquilla, un hombre culto al que no le eran ajenas las obras de Tolstoi, Niezsche o Cervantes, sabía de zarzuela y de ópera, de tango y los cantos de la Independencia, de los bundes negros y la guabina, y conocía los secretos las recetas de las abuelas. Escribió sobre las costumbres de su tierra con olfato, agudeza e ironía pero no sólo para describirlas sino para tomar distancia crítica frente a ellas.

En las tramas y los personajes de sus cuentos y novelas, lo mismo que en sus crónicas periodísticas y ensayos, hay una parte de la historia de Colombia, la del siglo XIX sacudido por las guerras civiles. Compuesta por más de 30 obras -novelas, cuentos, crónicas periodísticas, ensayos y perfiles- la obra del antioqueño es punto de referencia fundamental de la cultura colombiana. Por algo, colombianistas que viven en el exterior incluyen en sus cátedras el nombre de Carrasquilla como lectura obligada para entender a Colombia, e investigadores como Jorge Alberto Naranjo y Leticia Bernal han consagrado años de su vida a estudiar su obra.

El escenario

Santo Domingo, el pueblo que lo vio nacer y que describió como "frío, feo y faldudo" fue, como Macondo para García Márquez, el escenario de su universo literario. Un pueblo pegado al cielo, a 70 kilómetros de Medellín, al que aún hoy es difícil llegar por lo escarpado del terreno, y sobre el cual decía que "no se conocían otras máquinas que las de coser, los relojes y los molinos".

Allí vivió durante 40 años, allí comenzó a escribir y escribió obras como Simón, el mago y Frutos de mi tierra -su primera novela publicada en 1896- y desde allí su imaginación lo transportó a tiempos pasados y a geografías desconocidas, que describió con precisión gracias a sus lecturas: desde novelas, cuentos, revistas, periódicos y folletines, hasta novenas y misales.

Visión nacional

Gran narrador de su época, Carrasquilla no puede encasillarse en lo meramente regional. Creador de caracteres, constructor de almas de todas las edades y géneros, usa en sus novelas formas del discurso como el chisme, el texto periodístico, el sermón y la parodia y sus relaciones con el poder, y por medio de ello refleja las luchas ideológicas, sociales y políticas de la época, entre liberales  y conservadores. Sus preocupaciones eran nacionales y no sólo antioqueñas, como la controversia entre federalismo y centralismo, las estructuras políticas y sociales opuestas de la capital y la provincia o la relación religión-educación. Carrasquilla reprodujo con fidelidad "ese ambiente en el que religión y educación se fundían en una sola ideología cuyas fuentes eran El Catecismo del padre Astete, La Urbanidad de Carreño y las citolegias, las cartillas de aprendizaje basadas en la memorización con frases que generalmente se relacionaban con ser un buen cristiano", dice Bernal.

Su mundo de ficción preserva para la historia una época y muestra su visión crítica de las relaciones entre el centro y la periferia social y política. Una lectura renovada de sus obras permite una reconstrucción literaria de una parte de la historia colombiana. "En Colombia hay una historia difícil y violenta y la literatura que trata de reconstruirnos, la novela de la violencia de los años 50 y la del sicariato de los años 90, no logra construir personajes, ni belleza, ni mostrar el drama humano -asegura Bernal-. La buena literatura es la que logra plantear alguna de las preguntas sobre lo humano, y eso es lo que es y sigue siendo la obra de Carrasquilla".

Leer a Carrasquilla, entonces, puede ser un buen punto de partida para empezar a elaborar una respuesta del ser colombiano. Según Jorge Alberto Naranjo, otro gran estudioso del autor, a "Carrasquilla hay que merecérselo", por eso, si se llega al fondo de su obra será fácilmente visible para la literatura colombiana que Carrasquilla es como Dickens para la inglesa, Goethe para la alemana o Tolstoi para la rusa.

Extraído del Diario "Cambio", Colombia.


24/01/2008 19:38 Griselda N.Zabala #. EDITORIAL

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