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Cuentos cortos ...

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                                                                  EL CUADRO EMPEÑADO

 

Los adoquines mojados me obligaban a caminar con la precaución y la torpeza de un niño que da sus primeros pasos.
La callejuela se enroscaba por la falda de la colina en la que se asentaba el Barrio Viejo de la ciudad. Hacia la mitad de la cuesta descubrí la casa de compra-venta. Su fachada era de piedra y los marcos de la puerta y las ventanas estaban pintados de color verde oliva. Sobre un letrero que colgaba de una herrumbrosa cadena un cuerno de la abundancia desparramaba objetos variopintos. A través de los no muy limpios cristales distinguí algunos de los artículos que se exhibían: un oboe negro yacía sobre un drapeado carmesí; los dedos de un par de guantes de encaje marfileño rozaban una canastilla de mimbre llena de flores secas; marcos vacíos esperaban la fotografía o la miniatura que les diera razón de ser; camafeos; dijes y cajitas con incrustaciones se amontonaban en un ángulo y muy cerca de unos abanicos de laca y madreperla se hacinaban armas y monedas antiguas.
Obedeciendo no sé qué impulso empujé la puerta y entré. Al hacerlo, desde una jaula de latón, empezó a trinar un canario disecado que hacía oscilar su cabeza y batía con desgana las vetustas plumas de su cola.
No vi a nadie en el interior, así que empecé a recorrer con la mirada el abigarrado conjunto de objetos que tenía ante mí. No buscaba nada en particular, tampoco había entrado en aquella casa con la intención de comprar algo, sin embargo tenía la sensación de que una de aquellas piezas, no sabía aún cual, me esperaba en cualquier rincón de la estancia. Fui hacia un montón de maletas de maltratado cuero, unas enormes correas ceñían sus cuerpos ventrudos y deformes sobre los que todavía se adherían etiquetas multicolores de hoteles de los cinco continentes. Aquellas maletas, maletas que sin duda pertenecieron a alguna artista , me recordaron a esas ancianas que pretenden esconder, con afeites y fajas, su verdadera edad.

Tras las maletas, adosado a la pared, había un cuadro sin enmarcar. Lo alcé con aprensión, esperando descubrir algún misterio en la tela, pero no, representaba un plácido paisaje otoñal; cerca de un bosque de arces un camino se alejaba en busca del horizonte, a la derecha se distinguía la rueda de un molino de agua que hundía sus álabes en las azuladas aguas de un río y sentado en el lindero del bosque había un hombre, el único ser humano que aparecía en la escena, vestido de gris, inclinado sobre una guitarra que tañía con arrobo.
Los colores de aquél cuadro estaban desvaídos en toda la superficie de la tela pero, de manera inexplicable, conservaban su frescura y su brillo en torno al músico, nimbándolo de un aura especial.
Alguien habló a mi espalda. Se trataba de una mujer que rondaría los cuarenta años, de porte distinguido, cabellera negra salpicada de alguna que otra hebra blanca, facciones que le otorgaban una belleza difícilmente definible y con unos obsesionantes ojos verdes que miraban con dureza de pedernal.
- Ese paisaje lleva mucho tiempo aquí. Se lo empeñaron a uno de mis antepasados y jamás volvieron a rescatarlo. La obra no tiene firma pero aún conservo el recibo.
Revolvió un rato el interior de un cajón y al cabo me tendió un viejo documento que databa de 1666. El dueño del cuadro, se decía en el papel, había recibido en calidad de préstamo cierta suma. Todo estaba escrito en tinta morada, con una hermosa caligrafía, pulcra, redonda, que hacía por sí sola una verdadera pieza de colección de la simple hoja de papel. No obstante, al pie del escrito, había una firma hecha por una mano diferente, se trataba de una rúbrica, mejor de un garrapateo retorcido que tenía la forma de una zarpa crispada. Aquellos rasgos pertenecían sin duda alguna a un ser atormentado, malévolo.

Convinimos en el precio y, contra todo pronóstico, abandoné el lugar con mi inesperada adquisición.
Por el camino iba pensando en las últimas palabras de la mujer:
- ....hasta pronto, señor. Tengo la impresión de esta no será la última vez que nos volvamos a ver.
Ya en casa me puse a la tarea de encontrarle un lugar adecuado al paisaje de marras; los mejores sitios estaban ocupados por otras obras, así que terminé colgándolo en el pasillo, entre mi alcoba y el estudio. Tomé un poco de distancia y lo miré como se miran las cosas que ya nos pertenecen, y entonces caí en cuenta de que algo no concordaba, el recibo tenía fecha de 1666 pero el músico estaba vestido a la moda romántica del siglo XIX. ¡Vaya -me dije- he sido víctima de una burda estafa!, pero como al fin y al cabo la suma pagada a la morena de los ojos verdes no era significativa, pronto olvidé el asunto.
Por la noche, después de emborronar infructuosamente algunas cuartillas, me fui a acostar, pero algo me retuvo al pasar frente al cuadro; en la penumbra del corredor el resplandor que envolvía al guitarrista parecía haber cobrado más fuerza, incluso titilaba como si tuviera vida propia. Lo observé un momento y, pensando que sería un fenómeno natural debido a los pigmentos o al barniz, ¡qué sé yo!, me metí en la cama y no tardé en conciliar el sueño.
Unos ruidos me despertaron.
Provenían del estudio o del pasillo y quien los hacía no tomaba ninguna precaución para no ser oído.

Miré el reloj; eran las tres de la madrugada. Entreabrí la puerta y observé con sigilo. En el pasillo, frente al cuadro -del cual brotaba ahora una luminiscencia dorada- había un hombre. Vestía de gris y tenía una guitarra en la mano. Nos miramos sin desconfianza, como si nos conociéramos de tiempo atrás. Antes de que le preguntara qué hacía en mi casa a aquellas horas, él quiso saber dónde estaba. Se lo dije y, para mi extrañeza, no se sorprendió lo más mínimo. Empezó a hablar: había nacido en aquella misma ciudad y era músico de profesión. Su ropa, pasada de moda, no estaba en absoluto desgastada por el uso, su larga cabellera y su nariz respingada le daban un aire infantil que hacían aún más patente sus grandes ojos, de mirada límpida.
Una sombra oscureció su semblante; sus recuerdos se terminaban -me dijo- una tarde en que una mujer de ojos verdes le pidió que posara para ella. Después me miró con aire compasivo y se despidió.
Lo acompañé hasta el portal y vi como se alejaba por la acera. Al llegar a la esquina se volvió y me hizo un último ademán de adiós, luego empezó a tocar (precisamente una de las serenatas de Scarlatti que más me gustan) y desapareció de mi vista.
Entré en mi casa sumido en profunda perplejidad y fui a parar ante el cuadro que ahora había perdido su resplandor. Intrigado encendí la luz y observé el paisaje, todo estaba allí; el bosquecillo, el camino, el molino, el río, sólo el personaje había cambiado, ya no era un músico sino otro hombre inclinado que escribía sobre sus rodillas.
Me acerqué más presintiendo algo terrible y un espasmo recorrió mi columna vertebral. ¡El escritor era yo!

Dejé de percibir los sonidos, ni siquiera el ruido de mi respiración. La luz de un nuevo, interminable día, iluminó el bosque, el camino, el río.... y el molino de agua empezó a girar con lentitud.

Extraido de: Los cuentos que nunca me contó mi abuelito. Obra de Alberto D´a Pena Pérez.

Cuadro de Raúl Alonso Arnedo de 2009

19/07/2009 13:18 Griselda N.Zabala #. LITERATURA

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