Amada en el Amado

A veces dos enamorados parecen uno solo; los perfiles forman una múltiple cara de frente, los cuerpos juntos con brazos y piernas suplementarios, una divinidad semejante a Siva: así eran ellos dos. Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más ávida. Lo primero que hacían al separarse era poner cada uno en su reloj pulsera la hora exacta. —A medianoche quiero que repitas los versos de San Juan de la Cruz, que me gustan. —¿Oh noche que juntaste amado con amada, / amada en el amado transformada? —Los diremos a la misma hora. —A las seis de la tarde, en el reloj, mis ojos te mirarán. —En el lápiz de los labios estaré cuando te pintes, o en el vaso cuando bebas agua. —A las ocho te asomarás a la ventana para contemplar la luna. No mirarás a nadie. —Creyendo que es tuyo, para no gritar de pena, me morderé el brazo, no el antebrazo. —¿Por qué? —Porque el brazo es más sensible. —¿En qué sitio?. —En el sitio en que la boca lo alcanza cuando el brazo está doblado con el codo hacia arriba, apoyado contra la cara, como guareciéndola del sol. Es tu postura predilecta, por eso la imito como si mi brazo fuera el tuyo. —A las nueve menos cinco de la noche, cerrá los ojos. Te besaré hasta las nueve y cinco. —¡Podrías más tiempo! —¿Pero acaso no llegaríamos a morir prolongando indefinidamente ese momento?. —No pediría otra cosa. Con estos y otros desatinos se despedían. Como es natural, cumplían religiosamente lo pactado. ¿Quién se atrevería a romper semejante rito?. El que no lo comprenda, nunca ha amado o ha sido amado, ni valdría la pena que ame o que sea amado, ya que el amor es hecho de infinita y sabia locura, de
adivinación y de obediencia.
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