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JOSÉ MARÍA VARGAS VILA: EL PANFLETARIO O UN ESCRITOR DIFÍCIL DE QUERER

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«José María Vargas Vila fue el escritor más leído en lengua española, pero también el más repudiado por las instituciones del poder, que lo borraron de las historias de la literatura, sin conseguir con ello enterrarlo en el olvido. Excomulgado, anatematizado, menospreciado por la crítica literaria, el personaje sigue vivo en sus airados panfletos contra el fanatismo, la intolerancia y el caudillismo en América Latina, mucho más que en la larga lista de novelas eróticas en las que se iniciaron sexualmente los lectores del siglo XX».

(https://todoebook.com/LA-SEMILLA-DE-LA-IRA-CONSUELO-TRIVINO-ANZOLA-VERBUM-LibroEbook-ES-SPB0233593.html)  

 

Así comienza el resumen de la novela Las semillas de la ira. que sobre este polémico personaje de la literatura colombiana escribió Consuelo Triviño Anzola. A pesar de ser una obra de ficción, ella toca muchos elementos de la realidad que nos presentan un Vargas Vila más humano.

Y es que, paradójicamente, sólo desde la literatura era posible rescatar las reales dimensiones de quien fue el azote de la Iglesia y de oprobiosos gobiernos de la América de finales del siglo XIX y comienzos del XX.  Puesto que las biografías que se han escrito sobre este francotirador siempre estuvieron sesgadas por las propias ideologías de quienes se atrevieron a escribir sobre él.

Nació en Bogotá un 23 de junio de 1860 y su adolescencia transcurrió en medio de  de lo que se denominó en Colombia el Olimpo Radical, un controvertido período de la historia de este país, y del cual el joven Vargas Vila heredó su exagerado amor o fanatismo por la libertad. Cuando el Olimpo Radical fue derrotado en la Batalla de La Humareda,  de la cual participó, Varga Vila debió huir hacia los Llanos Orientales colombianos y luego refugiarse en Venezuela.

Allí comienza ese deambular de exiliado “perpetuo” en que se convirtió su vida, pues casi de todas partes lo echaban o le pedían amablemente que se fuera debido a sus ataques a los gobiernos que consideraba tiránicos o por sus constantes diatribas contra la Iglesia. Pero ─y esta es otra de las grandes paradoja vitales de Vargas Vila─, entre más prohibía la Iglesia la lectura de sus obras, más corrían a leerlo los jóvenes y las personas de diversos estratos sociales. Tal vez así nació la popularidad de obras como Aura o las Violetas, Ibis, Flor de fango, Lirio negro  y Lirio rojo.

A pesar de ser un autodidacta, pues no ostentó ningún título académico, este hombre alcanzó a penetrar en las honduras de la historia del Imperio Romano en obras como Los Césares de la decadencia, La república romana, El Imperio romano. Quizás sólo buscaba encontrar los orígenes de los males que aquejaban al continente americano.

“El Divino Iracundo” como lo llamó algún crítico colombiano, falleció en Barcelona, España, el 23 de mayo de 1933. Sus restos fueron repatriados a Colombia en 1981, cuando alguien consideró que a pesar de todo, Vargas Vila era un colombiano ilustre y por lo tanto debía descansar, aunque “no en paz”, en la tierra que fuera causa de sus agonías y sus denuestos y catilinarias. 

«Lo cierto es que fue un formidable defensor de la libertad con la palabra escrita. Nadie como él, quizás con la excepción del granadino Isaac Muñoz [1881-1925], cuyos exotismo, perversidad y lujuria de estilo le son equiparables, hizo que las ideas y las maneras de ver el mundo de artistas y pensadores laicos ascendieran hasta las voluntades de millares de intelectuales campesinos, jornaleros, analfabetos, desposeídos y desocupados que aspiraban a ser tan libres como Jorge Amado, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, José Vasconcelos, Francisco Umbral, Ramón Gómez de la Serna, Gabriel García Márquez, José Donoso, Jorge Zalamea o Ramón del Valle Inclán, ese puñado de sus admiradores, que reconocieron que sin él y sin su prosa no habrían existido».

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12912371

«Nunca en el idioma castellano la adjetivación, convertida en almarada, logró tal brillo excesivo y tal poder de aniquilamiento».

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-887444

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