Blogia

PROYECTORAYUELA

Al bosque le pregunto

Al bosque le pregunto

Quise preguntarle al bosque

acerca de sus designios

de cuántos colores acoge

entre verdes, grises y amarillos.

 

Si las luces refulgentes

alcanzan a difuminarse

sobre los musgos y líquenes

en este sitio de espesura

la casa de los mortiños

los hongos en parasoles

y libélulas en azul indigo.

 

Quise preguntarle

cuántas gotas de agua

acompañan los caminos

en forma de cascadas

o fingiendo ser un río

y si los surcos que abre

fueron de árboles derribados

o la casa de los armadillos.

 

A este bosque le pregunto

cuántas rocas se requieren

para dar firme aposento

a los chagualos del lugar

acacias, encenillos y carates

y a los forasteros dominantes

que son los pinos y eucaliptos.

 

Los secretos de este bosque

auguran tranquilidad

para mi alma en cenizas

y cuerpo en soledad.

Cuentos cortos ...

Cuentos cortos ...

                                                                  EL CUADRO EMPEÑADO

 

Los adoquines mojados me obligaban a caminar con la precaución y la torpeza de un niño que da sus primeros pasos.
La callejuela se enroscaba por la falda de la colina en la que se asentaba el Barrio Viejo de la ciudad. Hacia la mitad de la cuesta descubrí la casa de compra-venta. Su fachada era de piedra y los marcos de la puerta y las ventanas estaban pintados de color verde oliva. Sobre un letrero que colgaba de una herrumbrosa cadena un cuerno de la abundancia desparramaba objetos variopintos. A través de los no muy limpios cristales distinguí algunos de los artículos que se exhibían: un oboe negro yacía sobre un drapeado carmesí; los dedos de un par de guantes de encaje marfileño rozaban una canastilla de mimbre llena de flores secas; marcos vacíos esperaban la fotografía o la miniatura que les diera razón de ser; camafeos; dijes y cajitas con incrustaciones se amontonaban en un ángulo y muy cerca de unos abanicos de laca y madreperla se hacinaban armas y monedas antiguas.
Obedeciendo no sé qué impulso empujé la puerta y entré. Al hacerlo, desde una jaula de latón, empezó a trinar un canario disecado que hacía oscilar su cabeza y batía con desgana las vetustas plumas de su cola.
No vi a nadie en el interior, así que empecé a recorrer con la mirada el abigarrado conjunto de objetos que tenía ante mí. No buscaba nada en particular, tampoco había entrado en aquella casa con la intención de comprar algo, sin embargo tenía la sensación de que una de aquellas piezas, no sabía aún cual, me esperaba en cualquier rincón de la estancia. Fui hacia un montón de maletas de maltratado cuero, unas enormes correas ceñían sus cuerpos ventrudos y deformes sobre los que todavía se adherían etiquetas multicolores de hoteles de los cinco continentes. Aquellas maletas, maletas que sin duda pertenecieron a alguna artista , me recordaron a esas ancianas que pretenden esconder, con afeites y fajas, su verdadera edad.

Tras las maletas, adosado a la pared, había un cuadro sin enmarcar. Lo alcé con aprensión, esperando descubrir algún misterio en la tela, pero no, representaba un plácido paisaje otoñal; cerca de un bosque de arces un camino se alejaba en busca del horizonte, a la derecha se distinguía la rueda de un molino de agua que hundía sus álabes en las azuladas aguas de un río y sentado en el lindero del bosque había un hombre, el único ser humano que aparecía en la escena, vestido de gris, inclinado sobre una guitarra que tañía con arrobo.
Los colores de aquél cuadro estaban desvaídos en toda la superficie de la tela pero, de manera inexplicable, conservaban su frescura y su brillo en torno al músico, nimbándolo de un aura especial.
Alguien habló a mi espalda. Se trataba de una mujer que rondaría los cuarenta años, de porte distinguido, cabellera negra salpicada de alguna que otra hebra blanca, facciones que le otorgaban una belleza difícilmente definible y con unos obsesionantes ojos verdes que miraban con dureza de pedernal.
- Ese paisaje lleva mucho tiempo aquí. Se lo empeñaron a uno de mis antepasados y jamás volvieron a rescatarlo. La obra no tiene firma pero aún conservo el recibo.
Revolvió un rato el interior de un cajón y al cabo me tendió un viejo documento que databa de 1666. El dueño del cuadro, se decía en el papel, había recibido en calidad de préstamo cierta suma. Todo estaba escrito en tinta morada, con una hermosa caligrafía, pulcra, redonda, que hacía por sí sola una verdadera pieza de colección de la simple hoja de papel. No obstante, al pie del escrito, había una firma hecha por una mano diferente, se trataba de una rúbrica, mejor de un garrapateo retorcido que tenía la forma de una zarpa crispada. Aquellos rasgos pertenecían sin duda alguna a un ser atormentado, malévolo.

Convinimos en el precio y, contra todo pronóstico, abandoné el lugar con mi inesperada adquisición.
Por el camino iba pensando en las últimas palabras de la mujer:
- ....hasta pronto, señor. Tengo la impresión de esta no será la última vez que nos volvamos a ver.
Ya en casa me puse a la tarea de encontrarle un lugar adecuado al paisaje de marras; los mejores sitios estaban ocupados por otras obras, así que terminé colgándolo en el pasillo, entre mi alcoba y el estudio. Tomé un poco de distancia y lo miré como se miran las cosas que ya nos pertenecen, y entonces caí en cuenta de que algo no concordaba, el recibo tenía fecha de 1666 pero el músico estaba vestido a la moda romántica del siglo XIX. ¡Vaya -me dije- he sido víctima de una burda estafa!, pero como al fin y al cabo la suma pagada a la morena de los ojos verdes no era significativa, pronto olvidé el asunto.
Por la noche, después de emborronar infructuosamente algunas cuartillas, me fui a acostar, pero algo me retuvo al pasar frente al cuadro; en la penumbra del corredor el resplandor que envolvía al guitarrista parecía haber cobrado más fuerza, incluso titilaba como si tuviera vida propia. Lo observé un momento y, pensando que sería un fenómeno natural debido a los pigmentos o al barniz, ¡qué sé yo!, me metí en la cama y no tardé en conciliar el sueño.
Unos ruidos me despertaron.
Provenían del estudio o del pasillo y quien los hacía no tomaba ninguna precaución para no ser oído.

Miré el reloj; eran las tres de la madrugada. Entreabrí la puerta y observé con sigilo. En el pasillo, frente al cuadro -del cual brotaba ahora una luminiscencia dorada- había un hombre. Vestía de gris y tenía una guitarra en la mano. Nos miramos sin desconfianza, como si nos conociéramos de tiempo atrás. Antes de que le preguntara qué hacía en mi casa a aquellas horas, él quiso saber dónde estaba. Se lo dije y, para mi extrañeza, no se sorprendió lo más mínimo. Empezó a hablar: había nacido en aquella misma ciudad y era músico de profesión. Su ropa, pasada de moda, no estaba en absoluto desgastada por el uso, su larga cabellera y su nariz respingada le daban un aire infantil que hacían aún más patente sus grandes ojos, de mirada límpida.
Una sombra oscureció su semblante; sus recuerdos se terminaban -me dijo- una tarde en que una mujer de ojos verdes le pidió que posara para ella. Después me miró con aire compasivo y se despidió.
Lo acompañé hasta el portal y vi como se alejaba por la acera. Al llegar a la esquina se volvió y me hizo un último ademán de adiós, luego empezó a tocar (precisamente una de las serenatas de Scarlatti que más me gustan) y desapareció de mi vista.
Entré en mi casa sumido en profunda perplejidad y fui a parar ante el cuadro que ahora había perdido su resplandor. Intrigado encendí la luz y observé el paisaje, todo estaba allí; el bosquecillo, el camino, el molino, el río, sólo el personaje había cambiado, ya no era un músico sino otro hombre inclinado que escribía sobre sus rodillas.
Me acerqué más presintiendo algo terrible y un espasmo recorrió mi columna vertebral. ¡El escritor era yo!

Dejé de percibir los sonidos, ni siquiera el ruido de mi respiración. La luz de un nuevo, interminable día, iluminó el bosque, el camino, el río.... y el molino de agua empezó a girar con lentitud.

Extraido de: Los cuentos que nunca me contó mi abuelito. Obra de Alberto D´a Pena Pérez.

Cuadro de Raúl Alonso Arnedo de 2009

Ven

Ven

Ven

Ven, mi amor,en la tarde de Aniene

Y siéntate conmigo a ver el viento

Aunque no estés, mi  solo pensamiento

Es ver contigo el viento que va y viene

 

Tu no te vas, porque mi amor te tiene

Yo no me iré, pues junto a ti me siento

Mas vida de mi sangre, mas tu aliento,

Mas luz del corazón que me sostiene.

 

Tu no te irás, mi amor, aunque lo quieras.

Tu no te irás, mi amor, y si te fueras,

Aun yéndote, mi amor, jamás te irías.

 

Es tuya mi canción, en ella estoy

Y en ese viento que va y viene voy,

Y en ese viento siempre me verias.

 

Rafael Alberti

Para entonces

Para entonces

Quiero morir cuando decline el día,

en alta mar y con la cara al cielo;

donde parezca un sueño la agonía,

y el alma, un ave que remonta el cielo.

 

No escuchar en los últimos instantes,

ya con el cielo y con el mar a solas,

más voces ni plegarias sollozantes

que el majestuoso tumbo de las olas.

 

Morir cuando la luz triste retira

sus áureas redes de la onda verde,

y ser como el sol que lento expira:

algo muy luminoso que se pierde.

 

Morir, y joven: antes que destruya

el tiempo aleve la gentil corona;

cuando la vida dice aún: "Soy tuya",

¡aunque sepamos bien que nos traiciona!

 

Manuel Gutiérrez Nájera (México, 1859-1895)

 

Exaltación

Exaltación

Prestose la tarde

para que las nubes que nos separan

hicieran con su grisácea imagen

presencia en recónditas calles.

 

Y así tú y yo pudimos

con la chispa de luz reinante

navegar en el manantial

de cuya agua cristalina bebemos

y nos convencemos de este juego

en el que tú orlas la corona

y yo me declaro

fiel siervo de tu cetro.

 

Itinerante

Itinerante

Abro las alas como el ave migratoria

descubro espacios, anido

hago largos recorridos

vuelo alto, me fatigo

en búsqueda de amigos

del conocer colectivo

y de instantes infinitos.

Descarga cotidiana

Descarga cotidiana

La noche clandestina preparó su voz

para narrar historias que hicieran

de mis horas durmientes

aventuras incontables

y que al despertarme

la descarga de emociones fatídicas

al no encontrarte

pudiera vislumbrarse

como un caso cotidiano.

BALADA DEL FINAL DE LA NIÑEZ

BALADA DEL FINAL DE LA NIÑEZ

El vuelo de coloridas cometas

que revolotearon en el cielo

era como el columpio de las fiestas

donde se balanceaban los sueños;

tal como las carreras con mi perro

fueron la mejor preparación física

para enfrentar todos esos esfuerzos

que pediría la exigente vida.

 

Qué decir del juego con las canicas

cuando calculábamos con certeza

el golpe con el que se hicieran trizas

o las llevara al hoyo que era  meta

donde con todas y cada una de ellas

quedaba el más hábil competidor

dejando en los demás cierta tristeza

y aquél muy bien escondido dolor.

 

Con las niñas saltábamos el lazo

impulsado en vertiginosas vueltas

que iban formando amplísimos arcos

hasta que alguna pisada en la cuerda

parara el giro en súbita manera;

entonces, íbamos a la golosa

trazada en el piso en forma ligera

para llegar al cielo en pata-sola.

 

Con todos los juegos mucho aprendimos,

aunque sólo de algunos me acuerdo,

fue con la ayuda de todos ellos

como  mujeres y hombres nos hicimos.

(Imagen tomada de flickr)

FOTOGRAFÍAS

FOTOGRAFÍAS

¡Hola, viejo tiempo!

De nuevo con tu clepsidra y péndulo.

El péndulo para el corazón.

La clepsidra para los rayos del sol.

De nuevo comienza el día.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Pronto otra luz,

la de las bombillas,

iluminará las móviles avenidas

depositarias

de la velocidad.

Febrero quebrándose

en el cielo de las seis.

El color zapote de las nubes

cambiando a plomizo metal.

En las aceras los niños sonríen otra vez.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * 

¡Qué pena con el olvido!

De él ya no me acuerdo.

Tantos ríos

sin acordarme de ellos.

Mi temor del olvido.

No dije adiós;

no lo podemos decir,

el recuerdo está ahí.

                               Jorge Gómez A.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * 

Fotografía tomada de Flickr: "El péndulo de Foucault" de frankblacknoir. 

WILLIAM FAULKNER,

WILLIAM FAULKNER,

   De pronto muy pocos, o quizás ninguno de aquellos llamados escritores del boom latinoamericano recuerde el nombre de este autor que, a lo mejor, nutrió a muchos de ellos.

   Bueno, y qué le deben los escritores latinoamericanos a Faulkner, se preguntarán ahora los jóvenes estudiosos de la literatura. Pues el autor norteamericano es conocido por su uso de técnicas literarias innovadoras, como el monólogo interior, la inclusión de múltiples narradores o puntos de vista y los saltos en el tiempo dentro de la narración. El carácter típico sureño, fue una constante, y  junto a la atemporalidad de sus temas, marcarán la base de todas sus recreaciones literarias.

   “Cuando William Faulkner publicó, en 1926, su primera novela, "Soldier’s Pay" (La paga del soldado), nadie podía haber sospechado que el fantasma de la novela gótica hacía su aparición para dejar el testimonio de un nuevo punto de vista, portentosamente macabro, sobre la desintegración contemporánea", escribió Alfred Kazin en su libro "On Native Grounds"(En tierras nativas), definiendo la posición de este escritor en la literatura norteamericana. Faulkner representa, en efecto, el caso de una sensibilidad aguzada, en un periodo de desmoralización e incertidumbre. El tema de sus novelas es la decadencia de la sociedad sureña de los Estados Unidos después de la guerra civil, pero proyectado hacia el problema universal del individuo y su irremediable soledad. Este es el alcance más amplio de su obra, que le valió, en 1950, el Premio Nobel de Literatura, fundamentado en "su contribución a la novela norteamericana" y que compartió con Bertrand Russell.”[1]

   Entre sus obras principales se encuentran Sartoris (1929), Mientras agonizo (1930), Luz de agosto (1932), ¡Absalom, Absalom! (1936), Los invictos (1938), El villorrio (1940), Desciende Moisés (1942), Intruso en el polvo (1948), Una fábula (1954, Premio Pulitzer de 1955), La ciudad (1957), La mansión (1959) y Los rateros (1962), también ganadora de un Premio.

   Cuando en 1950 William Faulkner se registró en un hotel en Estocolmo para recibir el premio Nobel de literatura declaró ser de profesión agricultor. Hay pocas obras tan influyentes como la de este novelista norteamericano que nunca terminó el High School, y que toda su vida escribió y vivió en una remota provincia.[2]

   Faulkner nació en New Albany, estado de Mississippi (25 de septieembre de 1897), aunque se crió en las cercanías de Oxford (Mississippi). Falleció en Oxford, el 6 de julio de 1962, después de una agitada y creativa vida en la que desempeñó disímiles oficios como pintor de techos, cartero, soldado y granjero.



[1] http://www.avizora.com/publicaciones/biografias/textos/william_faulkner_0022.htm

[2] CHANOVE, Oswaldo. http://www.geocities.com/ochanove/faulkner.htm

Fotografia tomada de flickr por de Bridgman Pottery

EVOCANDO A FAULKNER

EVOCANDO A FAULKNER

¡Oh, Billy!

rebujando el olor acre

de la tierra

encontraste el dolor esencial

de los amantes.

Matando al guerrero Sartoris

resucitaste la voluntad férrea

de Moisés y su vara,

de Absalón y su escala.

¡Acompáñanos!

porque la novela no ha terminado:

se ha detenido

(un poco)

en el agonizante collado

para labrar la tierra

contigo, con ellos

y los otros

que conocen el misterio

pero apenas lo revelan.

Separación asintótica

Separación asintótica

Descubrí la asíntota

que de tu vida me separa

línea vertical que, como muro

detiene el sendero

que a tu alma me llevaba.

Fue hallar muerte repentina,

mis brazos quedaron exhaustos, abatidos.

Ya no habrá paraíso

con los jardines gloriosos

que florecieron con mi idilio.

 

¿Dónde estás?

¿Dónde estás?

¿Dónde estás indómita figura de la nieve,

 ineluctables responsos preparas con tu ausencia?

si en céreas manos encontré la gracia

en río tormentoso nadaré por siempre.

 

¿Quién te hablará en el oído quedo

si domina el tintineo de lúgubres notas?

por místico ser reté a las gaviotas

sempiternos vuelos haré con dolor confeso.

 

¿Es ingenuo pensar que vienes de regreso

cual boomerang lanzado que la ruta olvida?

el trigo de los campos se bañó de vida,

pero acabará reseco en este anochecer lluvioso.

 

¿El Dios que te hizo reparará la cuerda

del arpa que breve me fue compañía?

palabras muy simples fueon tu melodía

el sonido de tu canto guardaré mientras pueda.

Continuo sentimiento

Continuo sentimiento

¿A quién correspondo

sino a mis impulsos,

al indefinido rumbo

del interior secreto,

a la callada forma

de amar sufriendo

y, en consecuencia,

al golpe tormentoso

de tu imborrable eco?

Estrellas fijas

Estrellas fijas

Cuando ya de la vida

el alma tenga, con el cuerpo, rota,

y duerma en el sepulcro

esa noche más larga que las otras,

 

mis ojos, que en recuerdo

del infinito eterno de las cosas,

guardaron sólo, como de un ensueño,

la tibia luz de tus miradas hondas,

 

al ir descomponiéndose

entre la oscura fosa,

verán, en lo ignorado de la muerte,

tus ojos...destacándose en las sombras.

 

José Asunción Silva (Bogotá, 1865-1896)  

Epílogo

Epílogo

Que la serenidad

de las primeras horas de la noche

sean el epílogo

a la claridad que me dejó

tu cercanía en el día

y una lluvia de estrellas

prepare los sonidos

que por ventura de tí provienen

y mi solitario lecho

en los sueños los reclama.

Quiero de tí sol

Quiero de tí sol

Quuiero de tí sol

fuente que iluminas

rayos de luz, reflejos directos

sobre mis sienes y espalda

antorcha flamante

de pies a cabeza.

 

Lléname los intersticios

evita mi sombra,

compañera frágil

de mustia sonrisa.

 

Cabalga sobre los vacíos

que anudan mi garganta

y no me permiten ver

las luces siguientes al alba

ni el resplandor del día

con el tañido de las campanas.

 

Quiero de tí sol

alivio a la penumbra

piélago, mar inmenso

donde reproduzco mis dudas

aquellas notas constantes

que repican y torturan.

 

¡Abrázame fuerte! ¡Caliéntame!

si quieres me asfixias

no dejes escapar mis ideas

¡Sé bondadoso! ¡Permíteme la vida!

 

 

Terminalia

Terminalia

Y saber que este árbol

es parte de mi ciudad natal

en la que el asfalto, los muros y carros

se van convirtiendo poco a poco

en la materia prima predominante

que reemplazará los sueños

de nuestros descendientes;

aire natural, belleza y canto de aves

está grabándose en cintas y memorias

cada vez más sofisticadas

y así las generaciones futuras

se sentirán orgullosas de un pasado

que no cayó en el olvido.

Sonajero de besos

Sonajero de besos

¿Y si algún día tu mejilla me prestaras

para poner la marca de un nuevo beso,

qué dirían mis infaustos labios?

que con el cielo no se juega.

¿Y si tus labios pudieran despertar de su encanto

y repitiesen en mí los besos que a otro amor has entregado?

supremo éxtasis humildemente recibiría.

Desde mi silencio

Desde mi silencio

Soy más fuerte que mis brazos

y más débil que mi llanto;

más triste que mis suspiros,

más alegre que mi canto.  

.

Soy la que tú no conoces:

la que vive sepultada

tras los labios y la piel,

tras la frente y la mirada.  

.

Soy aquella que no has visto;

soy la que alienta escondida

entre los impenetrables

muros de su propia vida.  

.

Pero detrás de mí misma,

desde mi silencio a voces,

soy la que he querido ser:

soy la que tú no conoces.    

 Dora Castellanos            

   Colombia